Cuando al compositor norteamericano Jim Wilson se le ocurrió grabar el canto de unos grillos, no imaginaba lo que estaba a punto de descubrir. Al reproducir la grabación a una velocidad más baja, ese canto se transformaba en algo complejo, voces que sonaban como de seres humanos, como si los grillos conformaran un coro angelical que cantase en magistral armonía... ¡Eran grillos, sí, pero sus voces se antojaban humanas!